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martes, 21 de febrero de 2012

A LA VUELTA DEL TIEMPO ------------PARTE FINAL


S
i lo que llega de primero -como dice el refrán-, es lo último que se va, voy a regresar entonces al lugar en donde mi natural ahínco de cultivar la tierra vivió su primera experiencia del adentro y del afuera. Y, si fuese el caso de que, por experiencia se entendiera algo irrelevante o sin consecuencias, casi podría decirse en contrario que, por ahí comenzaron a ir y venir el tropel de las cosas que pusieron a prueba y echaron a andar mis afanes, basados en una visión de futuro como si fuese un destino.
VACA CRIOLLA LIMONERA
            Fueron muchos los buenos motivos como para sentirme bien entonces, cuando por ejemplo mi suegro Federico me invitó a ver una hacienda a medio andar, que le estaban ofreciendo a crédito holgado, a orillas del río Cachirí, con un pie de cría bovino proveniente del criollo limonero, una montaña virgen, y unas cuantas hectáreas de pasto Páez y Guinea, ya sembradas. Un ranchón de labores con techo de palmas, y, una habitación rústica donde dormir. Así empezamos.
            No puedo olvidar las dificultades y escollos que teníamos que sortear entonces para llegar hasta allá; al margen por supuesto de la gran satisfacción y seguridad de ánimo, conque cada uno de nosotros respondíamos a esos obstáculos presentados en el camino. Pues, como si fuera uno de esos misteriosos cuentos de Poe, había que cruzar la Laguna de Tulé con las provisiones de mantenimiento de la semana, en un pequeño cayuco, que a cada golpe de remo embarcaba agua, y que en momentos creíamos naufragar. Atrás quedaba hasta el regreso, el carricoche de vehículo, y aquel infernal camino de barro que debíamos transitar siempre de ida y vuelta.
            Pero esto no era todo. Gracias a lo excelente de nuestra vocación y paciencia, subíamos, en medio de un silencio casi religioso, al lomo de sendos caballos, que del otro lado de la gran represa nos tenía ensillados Julián, el encargado del hato, para terminar de recorrer el último e intrincado tramo montañoso del camino (sólo para bestias), de 7 a 9 kilómetros, aproximadamente. Además del trajín de una recua de carga compuesta por dos o tres burros provistos de jamugas y garabatos, para sostener el suministro o provisión de víveres destinado al personal obrero.
                         LAGUNA O REPRESA DE TULÉ
 
      Una de tantas, luego de que nos tocara una larga,
tormentosa y oscura noche del mes de octubre, sin que pudiésemos llegar a ver siquiera, hacia dónde nos conducían las bestias, sucedió que, sin que lo advirtiéramos ninguno de nosotros, habíamos regresado al punto de partida. Es decir, a las mismísimas orillas de la Laguna de Tulé, remolineando el último periplo del recorrido, entre lo más tupido y escabroso de aquella montaña.  
            A todo esto; y, puesto que en las grandes dificultades todo se vuelve alma, emprendimos de nuevo el camino hacia “La Abeja” (que así se llamaba la hacienda), resueltos desde luego a llegar esta vez a nuestro definitivo destino; dejando que fuesen los propios animales los que fijaran el rumbo -frente a aquella casi absoluta oscuridad-, ya que su tendencia natural o sus mismas fuerzas instintivas, los hace volver al sitio en donde han crecido, o adonde tienen costumbre de acudir.
 
                              ÁRBOL DE CARRETO

            Sucedió entonces, que, casi amaneciendo, y, cuando ya habíamos repasado la mayor parte de los tramos de ese largo y arduo trayecto, hallamos a dos de nuestros trabajadores provistos de sendas hachas, cortando en trozos un gran árbol de carreto que la tormenta había tendido sobre el angosto camino; de donde sin duda partió el equívoco de las bestias; o, mejor, del nuestro, al querer exigirles irreflexivamente su avance, en medio de las vueltas y tornos del caracoleo. Más el escapismo de las cosas que, en situaciones como esas, cambia a otra la realidad.
            Ya el sol -descorridos los últimos velos de la noche-, despuntaba en el horizonte visible, cotidiano. Allí donde moran los ángeles con sus pájaros, aromas, colores y sonidos convocando al arado y a la palabra de la tierra, sobre el gris y el verde de los vegetales, anhelantes de savia, habla y música. Sin tiempo y sin urgencias.
            Irnos a dormir ahora, era por supuesto lo inminente. Una cita con la hamaca, después de aquella oscura y calamitosa noche de sombras, lluvia y evanescencias, no estaba del todo tan ausente en nuestra presencia de ánimo. Pero, sabiendo que aflojar en el trabajo del campo es contrario a la severidad cotidiana y a su disciplina, y, un mal ejemplo a seguir, nos mantuvimos en pie de combate hasta el final, leales a esa costumbre; como un modo de entender y resistir las duras exigencias de la vida; de cuyo mundo interior salen buena parte de estos apuntes, que he dado en llamar entre amigos y  familia, “A la vuelta del tiempo”.
            Otra vez me tocó ir solo en un cacharro de camión, por la carretera de tierra paralela a unos rieles de tren abandonados, mientras el compadre Federico, Olga y los muchachos iban en un jeep por el camino menos accidentado de la “Botella”; a esperar a que yo los recogiera en un cayuco al otro lado de la Represa de Tulé, hasta donde se suponía llegarían, y luego regresar en él al camión, para finalmente tomar el camino de la hacienda. Pero todo resultó un chasco signado por el fracaso.
            Aquel camino era intransitable en tiempo de lluvia, y, como había llovido demasiado entonces, no hubo manera de que yo pudiera sacar del barro el viejo camión de donde flotaba. Se había quedado atascado en torno a un pantanal pegajoso e infranqueable. Por lo que tuve que caminar durante casi dos horas en plena oscuridad, y esperar a que aclarara, para cruzar la Laguna y reencontrarme luego con los demás, que habían pasado la noche en una casi desmantelada Comisaría de Tulé.
            Fácilmente puede imaginarse la impotencia y la precariedad de que fuimos objeto, tras semejante aventura, donde había muy poco que salvar.
            Era buena tierra y de agua abundante. De una montaña virgen y misteriosa, llena de cedros, caobas, canalete, samanes, algarrobos; entre otra inmensa variedad de árboles de madera dura y resistente como el carreto, el ébano o el curarire; excelentes para el estantillado de cercas y corrales. Además de una fauna sorprendente de guacamayos, arrendajos, turpiales, paraulatas, el yaguazo colorado, el pato real, la perdiz colorada, o el loro de cabeza amarilla. Venados, conejos, báquiros, cunaguaros, jabalíes, etc., rememorando  antiguos mitos y leyendas.
            En dos años se duplicó el ganado. La producción de queso creció al ritmo del ordeño de unas setenta vacas, de pastos mejorados, y, de nuevas instalaciones, que de hecho facilitaron el manejo y la operatividad del rebaño; como mangas para el herraje, vacunación, conteo, embarque, y, baño contra la garrapata. Además de lamederos de sal y de cayucos, para el suministro de melaza al ganado. 
                                                           EDUARDO PERICH BRACHO
            Era también -al calor de las circunstancias-, el paso obligado de maleteros y migrantes colombianos; muchos de ellos dedicados al tráfico ilícito de mercancías, y, a la prostitución; con todas las derivaciones o dictámenes críticos que tal práctica supone. Incluso, causa de un dolor que persiste entre nosotros, sin saber aún qué nombre darle, resultado del execrable crimen de que fue víctima nuestro entrañable primo, compadre, compañero y amigo, Eduardo (dentro de su hacienda de Cierra Azul), lugar aledaño a la misma cadena de montañas de La abeja, y, bajo los mismos factores de riesgo. Todavía -ante ese dolor-, suenan lejanos estos versos de Vallejo: “Hay golpes en la vida tan duros, golpes como del odio de Dios”.
         Contar ahora esta bonita y también desolada moraleja, entremezclada y difusa; y, que ha sido parte de algunas tensiones contradictorias al final del camino, me hace preguntar a solas qué libros hay que leer, para aprender a ver aquellas pequeñas y grandes cosas que de alguna manera le otorgan inflexible sentido a la realidad. Para saber que el hombre carece de lugar, como lo apuntaba Rilke. Para saber brindar por todo lo que se encuentra y se pierde, según el poeta Miguel Hernández. Y, saber resistir como el brote bajo la tierra seca, hasta eclosionar, a decir de Ernesto Sábato, antes del fin.
          Pues bien; no sé cómo decirlo. Pero tal vez sea una buena forma recordar únicamente lo que debe ser, lo que tiene algún significado colectivo; o, lo que sumado, es decisivo.
            Sí escribo esto, es solo para significar que, si en verdad es cierto que los negocios en sociedad –sobre todo los efectuados en familia-, se estropean a menudo, quizá ayude a encontrar un sentido de mayor trascendencia a tal supuesto, si agrego aquí que el nuestro, el negocio de La Abeja, no fue la excepción.      
            Cuando años después –vuelto ya todo a una realidad nueva, y, al mutuo afecto que mi suegro y yo mantuvimos siempre-, y llegado al final donde él decidiera poner en cabeza de su hija Olga lo poco que quedaba de hacienda, ya se había hecho demasiado tarde de puro olvido; pues, a pesar de que ahora habíamos acordado echarle la última palada de tierra al equívoco, es decir, el de no haber sabido plantear nuestras diferencias de una manera distinta a la que condujo al rompimiento, yo ya estaba metido de lleno en la consolidación de mi fundo “El Oasis”, en Machango; que, a partir de mi retrasada renuncia de la Creole después de más de veintidós años de servicio ininterrumpido, lo había comenzado a fomentar motu proprio, siguiendo los dictados fundamentales de mi proyecto de toda la vida.
            Un acontecimiento como ese, no podía sino despertar viejas tensiones, que, entremezcladas una y otra vez con las comidillas de dos media-hermanas de padre, de Olga, además de las de su propio entorno, acabó en la triste paradoja de tener que apalear a la venta de la manzana de la discordia, que apenas alcanzó a duras penas para repartir migajas del producto de la venta entre difusos derechos y cuentas de herencia, después de solventar los gastos que siguieron muy cerca el uno del otro, de hospitalización y honras fúnebres, tanto del compadre Federico como de la señora Josefina (mis suegros), que desde hacía algunos años vivían bajo un mismo techo con nosotros, en la casa solariega de la calle 72, acompañados de nuestro cariño y atención.
            Y, como no se pasa de lo posible a lo real sino de lo imposible a lo verdadero  – como lo apuntaba Sábato, y me gusta repetirlo-, fueron muchos los motivos que nos hicieron pensar -después de una profunda meditación en función del bien común de la familia-, que hicimos lo debido a su tiempo, necesidad y origen.               
            De modo que, tal vez sea éste el ciclo troyano que, aún lleno de ademanes congestionados de enconos y de agudos hitos, terminó por ser donde posiblemente dio comienzo el duro aprendizaje, de que la vida no es tarea fácil, ni todo el monte es orégano, sino una empecinada confusión de hermosos ideales y nostálgicas realizaciones.
            No he querido dejar para después lo que he podido recoger y contar a la vuelta del tiempo, en estos apuntes, por no hacer más tarde las horas que todavía aspiro tener delante; interpretando de esa manera el aforismo de que, todo en la vida acontece dentro de la órbita de un sueño, de un desiderátum. Porque nada hay en esto que no pueda mirarse en el espejo cuantificador del tiempo, sin que a simple vista no se vea reflejar el desteñido, el problema de la realidad.   
            Este largo relato que me he atrevido a escribir sólo con el ánimo de hacer viable la distancia, o de tender un hilo trascordado entre nuestro remoto pasado y el más reciente, que, habiendo sido presente alguna vez, equivalga no obstante para restaurar de alguna manera el papel de las reminiscencias; y, no dejar que lo anterior se aleje mucho de nosotros, y caiga en el eco del olvido.
            Sólo me resta decir entonces (siguiendo tanto de cerca como de lejos el tráfago o el rigor de la vida) que, saber perder, puede invitar a ganar de continuo aprendiendo bien la lección, y, poniéndola en la cuenta de una relación causa-efecto. Por lo tanto, cundo pierdas lo que se disputa en un juego, en un tema, o en la ilación de un concepto, no te fijes en lo que has perdido. Piensa en lo que te queda por ganar.
            Que la vida es también, según Hanni Ossott, “aquella cerveza amarga que a los bebedores parece dulce siempre, cuando con ella se mastican distracciones frescas…, justo detrás del tablón, justo donde allá atrás está lo real”.
             Y, por último; después de todo lo que ha estado apegado a lo cotidiano y reminiscente de estos cuentos, relatos o quimeras vivenciales -que no he querido ni he podido silenciar ante mis hijos, nietos y biznietos-, digamos con las Rubaiyat de Omar Kahayyam, que, así como la Naturaleza nos lanza al terruño o ramaje de un mundo desconocido, sin ningún permiso nuestro, tomemos a cambio el disfraz de una sonrisa sostenida, cuando el sollozo nos ahoga.
            Y que al ras, tragando durezas y callando silencios, creo haber cumplido desde mis afueras lejanos, con lo que fui de joven. Echado a llevar dentro, una mirada de sol a la realidad.
                                ççççççççççççç        
                                         FIN   
                                       

domingo, 5 de febrero de 2012

A LA VUELTA DEL TIEMPO ---PARTE 28---

A

 todo esto; y, haciendo cuentas de mis raíces cristianas, intentaré contar ahora -sin ninguna pretensión de orientación espiritual implícita-, el cómo, cuándo y porqué fueron perdiendo arrojo mis convicciones religiosas, a las que estaba fuertemente adherido.
            Empezaré diciendo que, todo fue del tiempo, después de pasado. Un día y otro. Una duda y otra más, se fueron sumando al barrunto, a la presunción filosófica que de un hecho al otro iba acortando la transitoriedad del juicio, y daba espacio y turno a la meditación.   
            Poco a poco fueron naciendo preguntas, apareciendo catecismos, paradojas, entre nieblas y celajes; entre la metafísica de Descartes, la Razón Pura de Kant, y Las confesiones de San Agustín; buscando a Dios. Yendo al encuentro de explicaciones que trascendieran mis afirmaciones y negaciones.
            Cómo no disentir de las propuestas de la Iglesia Católica, a la que pertenecí de buena ley, si sus teólogos no hacen sino disputarse el alma del hombre, demandándole inexcusables e incomprensibles sufrimientos en vida, para poder gozar de la presencia de su creador después de la muerte; luego de escribir miles de crónicas escolásticas y de imponer su rígida mano dogmática, tratando de justificar su ausencia absoluta ante las grandes calamidades padecidas por él, como la hambruna, las guerras, los embates climáticos, o las enfermedades.  
            Como suelen ocurrir los cambios en la naturaleza, cada una de estas cosas se fueron mezclando y vuelto a separar, en distintas proporciones, pues no había manera de lograr que fueran diferentes; que tuvieran algo nuevo que explicar.
            Así, por ejemplo, El Génesis no puede ser interpretado como lo quiere hacer ver el presbítero Álvarez Valdés, a través de una bien urdida retórica, o cambio de preguntas y respuestas, (al igual que un diálogo platónico más), sin otra finalidad que la de querer hacer evidente la presencia de un dogma, de una esencia apenas sustentada por una parábola; o por un imaginario, pintoresco e infantil relato, atribuido a un anónimo catequista hebreo, a quien unos estudios comprometidos de la época llegaron a llamar Jahvista, además de escritor sagrado.
            Como se sabe, El Génesis no propone nada; ni rivaliza, ni asume errores; afirma simplemente que “Jahvé Dios amasó al hombre con polvo del suelo, y sopló sobre sus narices aliento de vida.” Es la pintura testimonial y palpable fundida en la imagen de un alfarero; moldeada tras el designio excluyente de la creación directa de Dios. De la supervivencia del alma, y de su inmortalidad.
            Mal podría entonces el filósofo Álvarez Valdés, tener la certidumbre de no ser víctima del engaño de una bella ilusión, ni de no haberla transmitido inocentemente a sus lectores, sin una segunda intención encaminada a socavar los principios de la teoría de la evolución, de Darwin.   
            Otra de las cosas que también me hicieron pensar desde dentro hacia fuera, con mi propia razón, estuvieron girando y girando en torno de los argumentos a símili del Santo Oficio.  
            Fray Giordano Bruno, nacido a la sombra del Vesubio, ciudad de Nola, Italia, fue encarcelado durante 2.800 días y finalmente quemado en la hoguera por el Santo Oficio, acusado de dejar entrever la armonía que envolvía su visión del universo, y con él, el hombre; por sus posiciones filosóficas sobre el movimiento de la tierra y la generación del cosmos. Y, en un segundo grupo, por las tesis tenidas entonces por equivocadas respecto a Cristo, el Espíritu Santo y la Trinidad; y por pensar que, de todo aquello de lo que la iglesia cree, casi nada se puede probar. Ni siquiera lo afirmado de que el nazareno muriera de buena gana.
            Aquí creo necesario actualizar ahora, lo que fue una página de la “Expulsión de la bestia triunfante” escrita por Bruno, el héroe de un renacimiento derrotado por el oscurantismo religioso, que con profética visión ya parecía haber intuido sobre qué clase de mundo lo había condenado. Veamos lo que dijo:
            “Las tinieblas se preferirán a la luz, la muerte será juzgada más útil que la vida, nadie alzará los ojos al cielo, el religioso será considerado insano, el impío será juzgado prudente, el furioso fuerte, el pésimo bueno. Y creedme que se decidirá la pena capital para aquel que se dedique a la religión de la mente; porque se encontrarán nuevas justicias, nuevas leyes, nada se encontrará santo, nada religioso: no se escuchará cosa digna del cielo o de lo celestial. Sólo quedarán ángeles perniciosos, que mezclados con los hombres, forzarán a los míseros a la audacia de todos los males como si fuese justicia; darán materia para guerras, rapiñas, fraudes y todas las otras cosas contrarias al alma y a la justicia natural. Y, ésta será la religión del mundo.”
            Sobre esto me escribió el catedrático de la U.C.V. y, ex rector de cursillos de cristiandad, Alonso Romero Martínez, lo siguiente:
ING. ALONSO ROMERO MARTÍNEZ
         “ He leído lo que escribiste sobre Bruno, sólo que yo esas cosas las veo de otro modo. Cuando yo estudié Música y Liturgia en la Universidad Central, un curso corto que hice hace unos dos años atrás, donde se enfocaba todo al canto gregoriano, y, por lo tanto, se analizaba el comportamiento de la época, la vida monástica, el aislamiento del mundo exterior; yo intervine en una clase para decirle al profesor que no entendía cómo alguien que se preciara de religioso pudiera aislarse del mundo, cuando la iglesia tiene que ser comunitaria como lo demuestra la raíz de la palabra: ecclesia; que no se podía vivir en una forma personalizada: yo me salvo y a los demás que los parta un rayo. El concepto de comunidad, de preocuparse los unos por los otros, de la justicia en la repartición de los bienes; es lo que se desprende del mensaje evangélico. El profesor me contestó: usted está viendo eso hoy, con la mentalidad de hoy; pero es necesario transportarse para la Edad Media para entender a los Anacoretas.
        En este contexto veo lo de Bruno. Hoy vemos con horror esta persecución, y la de Galileo. De hecho la Iglesia ha rectificado estas actitudes que, sin lugar a dudas, fueron nefastas en la historia de la Iglesia. Naturalmente que también hubo corrupción en el seno clerical, y, hasta malas intenciones, cosa que ha sucedido en todas las épocas y en todas las instancias políticas y religiosas.
        Hay una cosa muy importante: La moral es cambiante, porque, si se fundamenta en cosas externas al hombre, como es Dios, depende de la interpretación que el hombre haga de ese conocimiento; como no es tangible, puede equivocarse, y de hecho así ha sido en el correr de los tiempos. Por eso Kant considera que la ética debe fundamentarse en el hombre: proceder bien porque es necesario proceder bien; el bien en sí mismo, no fundamentado en otra cosa como lo enseña la moral que es fundamentalmente religiosa, por consiguiente religada a un Ser Superior que puede castigar.
        Este pensamiento no puede indicar de ningún modo que yo haya cambiado mis creencias, porque afortunadamente yo no fui arrullado con ese canto de malignidad y contrario a todo evangelio que ocurrió en la época negra de la Iglesia, a mí me enseñaron un Dios de amor y no castigador, una Iglesia unida y fraternal. Esto que yo puedo escribir hoy aceptando a Kant, es la expresión de una racionalidad”.

Saludos, Alonso Romero Martínez

RÉPLICA AL INGENIERO ALONSO ROMERO MARTÍNEZ
            Hola Alonso: Leí con mucho interés tus comentarios o juicio crítico, sobre un breve ensayo enfocado por mí, hacia lo que fue la inmolación del filósofo, teólogo y seguidor de las teorías copernicanas, Giordano Bruno, a través de mi blog en Internet:
http://apuntesmanuel.blogspot.com.
            Ante todo debo en rigor, felicitarte, por la forma tan precisa y razonada conque logras emplazar y conducir el tema de Bruno (aludiendo por supuesto áureos reflejos de música y canto gregorianos), hasta la misma antecámara escolástica de la Edad Media; interpolando edades y lejanías, cosas que tuvieron todo lo que necesitaron para ser lo que ciertamente fueron, entre el ayer inquisitorial y el nuevo orden de cosas de hoy, impuesto al universo científico por Galileo.
            Sin embargo, cuando apuntas esta frase: “sólo que yo esas cosas las veo de otro modo”, estás, sin proponértelo, anunciando un destino platónico ideal que da pródigamente de sí, cuantos sentidos queramos darle. Estás acaso entonando el estilo y la lógica aplicada al papel de la inquisición, en tanto pasaron sus cinco siglos de historia. Por lo que cabría decir aquí, con Ortega y Gasset, que, las verdades, una vez sabidas, adquieren una costra utilitaria que las convierte a veces en recetas útiles, o, en un silencio cómplice, donde se recrea la naturaleza fugitiva de colores, tonos, formas y testimonios puramente decorativos.
            Como es por ejemplo hacer, de cuanto ocurre con Bruno, y de cuanto pasa con el otoñal y tardío perdón invocado por la iglesia de Juan Pablo II (con vista al caso Galileo); dos momentos distintos de una misma cosa. Es decir, se echa mano de la situación. Se lleva a menos la matanza alucinatoria y paranoica con formas siempre nuevas y mutables; y, ante la mirada acusadora de la historia, se sostienen tesis teológicamente atribuibles a una voluntad divina que, ante el “crimen” de herejía, justifica su objetiva dureza.
A todo esto (es justo admitirlo sin dilación), tú haces viable, dejas libre –a la vista de una moral cambiante-, la expresión de una racionalidad planteada entre ciencia y fe, iglesia y mundo.
            Ahora bien; volver a situar en el contexto histórico las prácticas, usos y estrategias represivas de la inquisición, exentas de prejuicios y sin negar la crueldad que las caracterizó, acaso pierda de suyo su sentido crítico si en verdad se llega a tomar el caso de los anacoretas citados por el profesor a que tú te refieres, como razones emblemáticas de una época que, a pesar de coincidir con el despertar del renacimiento, jamás desandará el camino que el tiempo abrió hacia delante.
            Y, por último, mi querido y apreciado monseñor; el problema no es, contrariamente a las apariencias, extirpar el fantasma de la inquisición con dialécticas románticas de vencedores y vencidos, o de excepciones generacionales (como se observa de tus precisiones dogmáticas), sino hacer que cada fase de ese espectro deje de verse legitimada por Dios, más allá de la leyenda, o de su asperísima realidad.
            No me queda más entonces sino pedirte que, en razón de la interesante y fecunda pedagogía que se desprende de tus comentarios, me concedas tu autorización, para así poder publicarlos de inmediato en mi blog http://apuntesmanuel.blogspot.com, como una réplica a mi ensayo “APUNTES”. Abrazos.
        Así he querido traer a manera de cotejo espiritual estos retazos históricos, con la esperanza por supuesto de no provocar valores equívocos en nadie, ni mucho menos insinuar abandono de creencias religiosas de quienes las tienen; pues, por el contrario, deseo que los demás logren lo que yo no he podido lograr, lleno de dudas y de contradicciones.
            Ya nada queda de aquellas comuniones de los primeros viernes, que con mi padre solía compartir. Yo como miembro del Centro de Juventud Católica de Altagracia, y él como un ferviente devoto de la Sagrada Eucaristía.
            Nada queda de aquellos padrenuestros, diez avemarías y un gloria patri del rosario, recitados a coro con mi madre en conmemoración de los quince misterios principales de la vida de Jesucristo y de la Virgen María.  
            Ni siquiera aquella oración que cada noche rezaba desde niño, antes de irme a dormir, dejó de perder su celestial inocencia.
            Pero, como el valor de las cosas no está en el tiempo que duren, sino en los momentos inolvidables que dejan sembrados en el espíritu, yo sigo recordando con mucho cariño interior, y, sin arrepentimiento alguno, toda la experiencia vivida por mí, bajo el regazo cristiano de mis padres. Sin importar además lo que trascienda de mi otra actitud, finalmente reducida a la cifra del agnosticismo. Pues mi conciencia tiene para mí, el peso inherente y necesario de lo sagrado.