jueves, 8 de marzo de 2012
jueves, 1 de marzo de 2012
UNA GAVIOTA LLAMADA GABI
UNA
GAVIOTA LLAMADA GABI
Manuel
Martínez Acuña
Salimos a tomar el mundo de la nada. Sin otras miras
que las de disfrutar de un poco de sol y agua marinos, y alejarnos un buen rato
del tráfago de una ciudad como la de Maracaibo; muy lejos ya de ser apacible,
sosegada y tranquila, como lo era todavía hace apenas unos cincuenta años
atrás. Serían aproximadamente las diez de la mañana
del día jueves 9 de febrero, cuando tomamos el camino del Supí; un acogedor
pueblito al norte de Adícora, Península de Paraguaná, estado Falcón, donde el
despuntar de cada luna llena, es una fuente de poesía; la sonrisa de una aurora
austral; péndulo celeste de venas y mareas. Aleluya de Händel.
PLAYA DE
EL SUPÍ
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Cumplido ya -a la media tarde-, el viaje
de unas cuatro horas de carretera, nos acercamos al punto de llegada. Vale decir,
llegamos a la casa que previamente habíamos alquilado al voleo, cuya fachada de
galpón, o mejor dicho, parecida a un viejo garaje, nos hizo recordar en seguida
el cuadro irónico-humorístico que una vez hizo el gran pintor español, Oscar
Domínguez, de la Venus de Milo, con un violín colgado del cuello; pues aquel
exterior contrastaba totalmente con las razonables comodidades que ofrecía su
interior; entre ellas, el estar situada a orillas del mar. Cualidades éstas que
a la postre bastaron, para despejar las dudas y quedarnos.
Así las cosas; y, con el ánimo
dispuesto a hacer positivo el breve alto a la rutina habitual, esa misma tarde
nos dirigimos hasta el restaurante “YAYO” que estaba a tan solo una cuadra de
nuestro “galpón”, con el fin de hacer la primera comida fuerte del día con pescado
fresco del lugar; y echar un ligero vistazo a los cambiantes matices montados -de
una manera prodigiosa- desde las rompientes coralinas, que a distancia libraban
un espectáculo único con el fuerte batir de las olas que allí se fraccionan. Y,
desde donde el poder de la belleza hace olvidar la monotonía que a veces
aparece en las tantas revueltas que da el espíritu.
Y, como cada elemento de la
naturaleza es único y diferente, así fue único y diferente el acontecimiento
(no tanto por lo visto como por lo imprevisto) de una gaviota que, separada de su
parvada por un momento, fue a comer carne de pollo, de la mano del dueño del
restaurante, cuyo nombre no recuerdo.
No podíamos creerlo. Pero lo más
sorprendente de todo fue el hecho de que, según el posadero, esa gaviota -que
él llamaba Gabi-, había vuelto precisamente esa tarde, después de haber estado
ausente del lugar, durante más de dos meses.
LA GAVIOTA GABI
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Ahora bien; si esa versión del suceso es real, sería menester deducir entonces que, en efecto, se trataba de algo muy extraño a la naturaleza animal.
En primer lugar, porque es una
especie de ave que, a pesar de ser de alguna manera confiada y, seguir al
hombre, es poco dada también a una domesticidad cualquiera. Y, en segundo,
porque habitualmente no se aventura muy lejos de tierra, ni se presta tan fácil
desde su medio ambiente, a ser manoseada.
Si bien no estamos en condiciones de
afirmar ni negar nada, al respecto; al menos podemos leer entrelíneas que, tal
situación, podría haber estado marcada por uno de esos episodios vivos y absolutos
de la siempre magnánima naturaleza, encaminados a fijar los términos o
providencias que en este caso de la gaviota, tuvieran que ver por ejemplo, con
la estación de reproducción y posterior período de incubación de 2 o 3 huevos,
que es de 20 a
30 días. Y, con el cuidado y alimentación de los polluelos que echan plumas
entre cuatro y seis semanas después de nacer.
En ese orden; o, si en realidad fue
éste el inefable arquetipo del que fuera objeto la gaviota Gabi, habría que
llegar a creer entonces en un paraíso secreto, en donde a la misión del instinto animal,
le suman acaso latencias de inteligencia, propias del humano.
Pues bien; como todas las cosas
materiales tienen su tercera dimensión, no fue necesario valerse de nada
abstracto a la hora del desayuno, para hallar en las
arepas de Eddie José, lo inesperado. Es decir, su histórica y evidente
exquisitez.
La otra cosa; o mejor dicho, al
llegar al otro desayuno, Lorena Josefina se adelantó a reivindicar, por su
parte, su manera personal de cocinar; y, con la rapidez que le es
característica, terminó por poner sobre la mesa sendos emparedados que, por su
tamaño y exótico sabor, parecían más bien ser hamburguesas hechas para el
tratado de libre comercio (T.L.C.). Y, Olga, que no escatima apetitos, fue la
encargada de hacer la exégesis o interpretación de las bondades del emparedado,
con una caída y mesa limpia, como dice el conocido refrán.
MANUEL Y OLGA
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Pero, antes de todo esto; o sea, el segundo día de ronda -que casi lo olvidaba-, estuvimos de compras en el Bodegón SIGO S.A. del C.C. “Las Virtudes”, de Punto Fijo. (De shopping, como dicen con sus vocablos en inglés los prestamistas lingüístico).
Allí, en el estacionamiento
comercial; una ecuación del tiempo oportuna y chistosa, nos indujo de pronto
(prevalidos de la franquicia que concede la tercera edad, y, de una rodillera
testimonial que yo cargaba puesta), a estacionar la camioneta en el sitio
destinado a las personas discapacitadas, justo en frente de la tienda.
Y, decimos chistosa porque, cuando
volvimos al sitio, el vigilante, percatado del volumen de la compra, exclamó
con vehemencia (acaso para expresar la viveza del efecto): “coño, son viejos,
pero cómo beben.”
Así y todo; por fin llegamos de
regreso al “galpón” a zambullirnos en el agua salada, verdeazul, agradable y
estimulante. Un reencuentro para avivar nuestro tono de vida. Pero,
lastimosamente, todo lo bello y lo ingenuo de esa bahía de El Supí, contrasta
con el desarraigo, la basura que cubre casi toda la playa. Muestra inequívoca
de la desidia de su gente, del irrespeto por la naturaleza, y de la incapacidad
de las autoridades municipales y estatales, a quienes concierne ocuparse del
servicio público y, de la protección del medio ambiente.
Y, finalmente; o, para no dejar
afuera algo que ocurría cada vez que Eddie José salía del agua, contemos que,
habiendo echado al olvido meter en su equipaje una toalla de baño, no sé cómo,
pero se valió todo el tiempo de un pañito de mano, con jactancias de gamuza,
para secarse de pies a cabeza, sin perder ni un solo momento el sentido del
humor. Quizá pensando en que la mayor nobleza del hombre está, en saber vivir
la forma adulta del niño.
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