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lunes, 6 de abril de 2009

Pueblos de barro

P U E B L O S
D E
B A R R O

¡ Y a esto me reduce el universo!
Sabía que era así, pero un instinto
independiente me impulsaba a tientas
sin cuidado, a tomar mi propia arcilla
por la fuerza del mármol, que contagia,
de aquel torrente que sus cuerdas corta
a bajo precio en el barranco un día.
Y mentí a los espejos el enigma
que meditan y velan los fantasmas.
Como soles mentí en el desierto,
las arenas que el viento desvanece,
como soles echados torpemente
sobre pueblos de barro, de amasijos
de siglos que no existen en las cuentas,
perdidos todos en la nada inmensa
de un destino en tinieblas, polvo, ciclos
de ida y vuelta, vaciedad tan solo,
alguna vez el mar, otra la tierra,
el vaso vuelto de las multitudes
que el uno al otro pasa desechable
en los vitrales de una misma copa.
¡Y aquellos muertos que no han regresado!
Es… esa, eternidad donde agonizan
sin comienzo anterior, los que no fueron
sombras capaces de irritar el tiempo.

La pureza del trigo

L A P U R E Z A
D E L
T R I G O


Delgada va calladamente
La noche, engastando sus metales
Sobre humos de triunfo y de fantasmas
Y de restos de cirios mutilados.
¡Estas ociosas horas!
Cómo manan del mundo y no se secan
Y arden como brozas enfadadas
Y queman cautiva la esperanza.

Más allá se ven otras
Venir con la orfandad de aquellos templos
Sin grey ni relicarios.
Tomaron la humedad de las piedras
Y de casas mudadas.

Anima el sol las recuas a mi espalda
Al tocar la mañana el campanario
De pájaros y espigas.
Y el resquicio antiguo de la copa
Cineraria, de tantas voces muertas.

Canta el silencio, entonces,
La pureza del trigo.

jueves, 22 de enero de 2009

Carátula Poemario "Las Huestes del Sosiego

LAS HUESTES DEL SOSIEGO

Manuel Martínez Acuña

LAS HUESTES DEL SOSIEGO

Portada, diseño e ilustraciones de

Roberto Jiménez Maggiolo

Ilustración especial de

Gabriel Bracho

Depósito legal: If 83 – 2485

Impreso por: C.A. Tipografía Mundo

Maracaibo – Venezuela

1983

A Olga, mi esposa de siempre.

A mis hijos, Adrián, Armando, Carlos,

Morayma y Lorena, con mi reconocimiento por

la razón y el decoro que han sabido imprimir a mi vida.

Digresión

… las canas denuncian la vejez,

pero no dicen cuánta juventud

las precede.

José Ingenieros.

Había pasado ya demasiado tiempo rotulado al síndrome del petróleo; casi una cuarta parte de este siglo xx.

¿Qué ha sido de esto? Pudo ser un gran momento para medir el camino entre el club, la oficina de contabilidad y el campo de concentración; pero no era eso precisamente lo que quería.

Al parecer, por una necesidad de inevitable introversión, dejé de asociar su falsa atmósfera a mis propios signos vitales, y de algún modo, bajo aquel desdoblamiento, echar una mano al pasado de los veinte años, donde habría de andar cabizbaja mi relamida vocación por la literatura; y un acoso telúrico, agregado.

Busqué entonces la tierra; aquella, la más expuesta al sol. La que ese mundo absurdo y de bolsillo había desdibujado del contorno ético de los agricultores. La misma que todavía cuaja almendras para las Silvas y cobra aromas para la poesía.

No estoy seguro de saber por qué aún me sentía atrapado. Posiblemente hube de pasar por alto el despotismo de una rutina tan abstraída y organizada como aquella, capaz de mantener activos, tanto tiempo en mí, sus residuos; o por el nuevo orden de trabajo impuesto. ¡Cuando menos, había abierto otra puerta!

Al fin sentí, solemnemente, que una tranquila seguridad en mí mismo, se iniciaba de nuevo. Que el rústico indumento de la tierra, el blando contrafuerte del río, o la dura soledad del ébano, habían afirmado en mi ánimo, al paso agrario de los bueyes, la justeza connatural del ser íntimo. Volví a los libros como se vuelve a un viejo amigo ausente; mas comprendí, que si no siempre es tarde en retomar un espacio, si lo será el tiempo. Irrepetible.

¿Es que no hay forma –me decía- de salir de este ominoso conflicto de intereses, sin que medie apenas un amigo? Y pocos solamente respondieron. Los mejores, por suerte.

De ahí que haya podido adecuar para el lector indulgente, amigable, una aproximación de estos versos de anaquel desempolvado, de agitado remanso; colados por el tiempo, de sus ruinas, de violento reposo. Como no de otra manera puede ser Las Huestes del Sosiego,

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El Autor

Manuel Martínez Acuña se ofrece hoy en estas páginas de sentir poético. Es una revelación de lo que por muchos años permaneció latente en la intimidad de su ser. Ya otros escritores tratan sobre su poesía en este su primer poemario que ha titulado Las Huestes del Sosiego. Falta, por tanto, decir quien es él. El lo que me propongo con la brevedad y la sencillez que la nota impone.

Martínez Acuña nace en Maracaibo el 10 de octubre del año 1921. Hacia el comienzo de la década de los años 30 va a residenciarse con sus padres en la Villa de Altagracia, capital del municipio Miranda, Estado Zulia, Venezuela. Allí cursa la primaria bajo la récia disciplina del Maestro José Paz González. Siguió secundaria en el Instituto Chávez.

No había entrado él en la edad adulta cuando lo conocí. Lo recuerdo estudioso, serio, estimulado por la formación moral del hogar. Por esa época, el ambiente altagraciano era propicio para el cultivo de la cultura y del bien obrar.

Cuando ha cumplido sus quince años de edad ingresa en la sección de aspirantes del Centro de Juventud católica Venezolana de la parroqia de Altagracia que funciona bajo la Asistencia del Presbítero Angel Ríos Carvajal. En Mi condición de asesor de aquella sección, me toco tratarlo y constribuir con mis humildes conocimientos a su formación. Entonces pude apreciar sus cualidades personales y sus inquietudes espirituales.

Ya en el tiempo oportuno, hacia el año 1938, pasa a ser miembro efectivo del Centro de Juventud Católica. Para ese tiempo, el asesor de éste es el Presbitero Mariano Parra León, hoy Obispo de Cumaná.