chispeantes, delante del monte sombrío. (APROXIMACIÓN A LA CRÍTICA LITERARIA)
Sobre mi brazo una abeja tardía.
El estío se ha despedido
y suena en las brasas
de hojas ardientes.
En el banco,
al lado de la pareja de novios, un anciano.
En sus ojos brillan chispas solares
de verdes ribetes de olas;
recuerdos del propio verano.
Tímidos toques del campanario vetusto,
sueltos cruzan el lago.
Mi alma forma una imagen sureña.
Henry Triet
JUICIO CRÍTICO:
Tengo para mí que el poema “Otoño en Lugano” fue compuesto a orillas del lago Hom, al sur de Suiza, en el banco de una plaza, en medio de mustias y solitarias melancolías. El poeta sabe que las rosas de la orgía se le han marchitado en la frente; y aunque aún no lleva corona de espinas, ni ignora el sentido místico de la penitencia, todavía canta canciones de amor …entre amargos rumores de suspiros.
Por eso dice:
“Un cisne encima de crestas de olas chispeantes,
delante del monte sombrío
Sobre mi brazo una abeja tardía.
El poeta tiene conciencia de que ha perdido su anterior escenario, sus madrigales ardientes. Y, a manera de confesión o excusa alude que, la pasión vive en la abeja y se siente en los hervores de la superficie; mas intuye no dar para tantas emociones profundas, como aquellas de que agua pasada no mueve molinos.
El estío se ha despedido
y sueña en las brasas
de hojas ardientes.
Intenta urdir entonces en las estaciones, en la procesión de los solsticios y los equinoccios; en la ubérrima y dulce primavera y, en las brumas del otoño, los hilos de las sensaciones; para luego pasarlos al telar del tiempo entre hojas desfogadas y brumosas memorias. De lo que solo queda el viaje de regreso y, las cenizas de unas brasas tardías.
Es el anciano sentado en un banco al lado de una pareja de novios; de dos enamorados que, buscando en la naturaleza su propio poema, hacen que el cisne, los verdes ribetes de las olas, y, un campanario vetusto, enciendan sus ojos y brillen en ellos chispas solares, “recuerdos del propio verano.”
Manuel Martínez Acuña Maracaibo 26 de noviembre, de 2004.
Un abrazo Manuelito, por sobreentendido y por derecho cuasi paterno, puedes hacer de mis comentarios a tu hermosisimo poema, el uso que consideres conveniente, te queda mucho por crear y lo unico que te pido es que no te olvides de realizar en cada acto gestaciòn poetica, el pago del diezmo que consiste en compartir con los seres que amas, la belleza de lo creado. Recibe un abrazo estrecho y cálido de Victorina y de toda la Morenera.
Gracias Manuel. No soy experto en el genero literario, pero creo saber sentirlo y en esa poesía, poema o verso, más aún porque mi color favorito de toda la vida es el azul, muchos tienen la dicha de ver la vida a travéz de sus ojos azules. La vida también está llena de azules reflejados en los lagos, ríos y mares, y hasta en la muerte, cuando nuestra alma reposa en reino celestial del Creador.
Un abrazo
Manuel: me gusta el poema i creo que lo voi a usar con tu permiso, en un escalio especial que estoi haciendo, a una niña japonesa sobrevivió por pocos años a la bomba de Hiroshima i que se lo debo a una amiga desconocida que me envía correos bellos literarios. Saludos.
Un abrazo Manuel, de nuevo tu creatividad maravillosa vuelve a tocarnos, la combinacion magica de tu poesia directa y sencilla por momentos y descriptivamente densa y colorida por otros, me llevó directamente al mar de mi tierra, de noches calcadas sobre tus versos. Gracias por la deferencia, al escogerme para compartirla y como siempre el afecto cálido de Imperio, de mis hijos y de este cuasi hijo que tanto te admira, quiere y respeta.
Alcides Moreno
Queremos con esto referirnos a la pintura del general ® Euclides Rojas Martínez, que, dominada por la afición y la práctica de un deporte vinculado con la riña o juego de gallos, pareciera unir en una recia urdimbre de hiladas y trazos artísticos -que por razón de su misma naturaleza imponen deberes de lucha-, lo que en un símil retórico hace viva reminiscencia de aquellos combates de gladiadores o de fieras que se realizaban en la antigua Roma, junto con el circo y el teatro de entonces, formando la trilogía de equipamiento que distraía a sus ciudadanos.
Al margen de su actividad profesional de ingeniero, Iván Darío Parra no sólo es un editor, ensayista, historiador y difusor musical, sino que a cada rato nos pulveriza con una llovizna de anécdotas humorísticas versificadas en décimas, envueltas entre las exquisiteces de la bellaquería.
Por tanto, o haciendo tránsito de estas cualidades de que dispone nuestro amigo Iván Darío, mostramos a continuación el editorial No. 2 de la revista del título, y su portada:
Gracias a esas cosas que sólo la vocación al trabajo puede atesorar, Wílmedes Socorro es esa clase de hombres que ha levantado su altar en medio de la nada, con su esfuerzo, integridad y entereza personales; ante esa noble concepción de la vida con que ha enfrentado siempre la opacidad de lo cotidiano.
Por tanto, y suspenso en un aire imaginario, me parece verlo empecinado en la lucha, alcanzando fragmento a fragmento –entre una solitaria confusión de hermosos ideales e inciertas realizaciones-, su soñado sueño germinando en el socavón del monte, tras la nube que trasunta hacia adelante la ofrenda de una promesa.
A este respecto; o a manera de extraer actualidad histórica de la savia de un pasado distante, me permito retomar de las páginas de uno de mis artículos publicados en el diario Panorama de Maracaibo con el título: “Bajo el cielo de Perijá”, estos apuntes que, por cierto –entre los giros de la narración-, se deslizó emblemático el amarillo brillante e inalterable de un bolígrafo, traído de la mano por gente de Perijá. Y, que aún conservo:
“En ese pie de monte sur-occidental del Lago de Maracaibo, ocupado en los primeros tiempos por los Pemones, raza indómita de Caribes y génesis étnica de Motilones, Macoitas, Yuppas, etc., fue fundada la Villa de Perijá; a partir de cuando el hombre europeo llegó a estas tierras de gracia con sus instrumentos de poder y sus trágicas normativas evangelizadoras. De allí empieza la obra de asentamiento cultural con la cual se dieron las muchas y obvias situaciones planteadas para bien o para mal con los aborígenes precolombinos, tales como el aspecto religioso, el culto a los muertos, su comportamiento social, forma de gobierno, usos y costumbres, y, una lógica completamente distinta a la propuesta por el hombre venido de otras civilizaciones.
Así, bajo este albur, se emprendió la primera plantación de café y cacao. La introducción de ganado, el uso y abuso de esclavos, la macolla de paja; y, por supuesto, las primeras “Materas”; entre flechas, curare, alambradas, “churuatas” aborígenes, y, las casas de bahareque al estilo peninsular. Lo que más tarde hizo que, para 1775, la población llegara a contar ya con 480 habitantes y unas 130 viviendas; y se comenzara entonces, con la casi sola ayuda de un “machetico socalador”, a obtener la leche de las primeras vacas para fabricar el queso, que terminó en llamarse queso de “matera”.
Así pues, de este modo, y, entre fracasos y éxitos, eurocentrismo obligado, piaches y misioneros, y, sin un modelo anterior del “homo economicus” a quien emular siquiera, nació la empresa y el desarrollo agropecuario en Perijá. Así se hicieron los primeros pioneros de la producción alimentaria de entonces. Y, de esa misma suerte, aunque un poco más tarde, siguieron otros y otros más como Edecio Martínez, en “Calle Larga”, Jesús Romero, en la hacienda “La flor de Mayo”, o Román Romero en “Santa Rosa”, o Grismaldo Rincón, en “La Concordia. Y, conocemos también, entre otros más recientes, a José Sacramento Socorro, en el “Guamito”, a Nectarito González en “Los Caobos”, o, a Wilmedes Socorro, en “La Vela”; a quien precisamente queremos referirnos hoy de una manera muy especial, por haber arribado este pasado 17 de diciembre, a sus bodas de oro matrimoniales, con su dinámica e invicta esposa Lesbia Romero.
Por lo que con tal motivo, o para ponernos en relación inmediata con el jalón espiritual de esta celebración, digamos ante todo que, la humildad en Wílmedes Socorro es muy palpable y muy frecuente. La conocemos bien de cerca y con propiedad. Y, lo decimos, porque a la entrada del Salón “Bolívar” del Hotel del Lago, en donde se luminizaba a todo esplendor la fiesta de estas bodas de oro, pudimos ver la exhibición (acaso a propósito) de un carro de antigua data; tan parecido al que posiblemente estuvo envuelto en la atmósfera sobrecargada y difícil de cuando Wílmedes era un joven pensador y apuesto chofer de Las Veritas, que nos atrevimos a creer que se trataba de una de sus excentricidades favoritas, que nunca olvida entre sus amigos. Humildad ésta que no parece abandonar, no obstante ser hoy uno de los ganaderos más prósperos de Perijá; con una relación Capital/Producto -sin incluir capital tierra-, de más alto promedio de rendimiento.
Para todos sus amigos fue una noche de reencuentro inolvidable. De reminiscencias y suerte de cosas gratas. A pesar de que nunca pudimos entrar a conversar en voz baja, sin gritar, o sin la servilleta escrita, por la acción continua de “Los Melódicos” y de dos Orquestas más, que no paraban de tocar. Cada nuevo chiste pasaba por las manos de Hermán Márquez, o de Numa Romero de la Vega, o de Víctor Hugo Márquez, Asisclo, o de Luis Felipe Méndez, o las nuestras. Otros chistes daban la vuelta entre Olga y la esposa de Víctor Hugo. Lo cierto fue que allí estuvo representada casi toda la familia perijanera; y, por supuesto, el producto del Quincuagésimo aniversario de la boda supraconstitucional: Luis Elías, Carmencita, José Ramón, Carola y José Alberto. Vale decir, uno, por cada diez años.
¡Cincuenta años y hacia otro milenio!. Así es de constante y aguantadora la gente de Perijá”.